Buenas malas noches

 

I

 

There’s a club if you’d like to go - you could meet somebody who really loves you - so you go and you stand on your own - and you leave on your own - and you go home, and you cry and you want to die.

How Soon is Now - The Smiths

 

Es temprano. Alejandro llama a Juan, que le escribe a Isabela, que está con Álvaro y que esperan a Bibiana. Nicolás quiere ir donde David primero, y que luego pasemos por Cardona y que llamemos al otro Juan, que dice que Andrés ya está en Armando y que Sofia al fin no va a salir. ¿A la casa de Guillaume o al bar al lado de lo de Daniel? Sergio que invitó a Andrea, Jean-Baptiste que se quedó sin pila y Santiago que dice que de todos modos no nos van a dejar entrar. Jorge en el fondo grita que si compramos trago, Camila que con flash y Laura que otra vez, que la foto salió movida. 

    Eric Fischl dice en una entrevista que la fotografía rebana el mundo tan finamente, la vida tan finamente, que en esa milésima de segundo todo está desbalanceado, en movimiento, en un estado de fluidez porque así es de hecho la realidad. Viendo las fotografías de anoche en mi celular pienso cómo es gracioso que Fischl tenga razón: todo parece estar en un constante flujo, las fotos movidas, borrosas y oscuras, naturalmente a causa de la poca luz en la noche y el movimiento inevitable de las personas. Me veo a mí y a mis amigos exagerar nuestra mejor sonrisa, levantar los brazos eufóricamente, acomodarnos en gestos de emoción. Y claro que nadie podía quedarse quieto —aunque sí lo intentamos—, claro que todos estábamos fuera de balance, porque precisamente a eso habíamos salido. 

    Más allá de posar felices, lo estuviéramos o no, había algo nostálgico en las fotos que yo no podía recordar bien. Miraba esas sonrisas, las muecas, lo gracioso de las poses, y finalmente lo monstruoso que todo eso era. Las caras buscando ingenuamente ser fotogénicas de pronto se volvían grotescas, sórdidas, deformándose y mezclándose con la oscuridad que las rodeaba. Nunca una fotografía me había parecido tan obvia: esta gente monstruosa y desfigurada en la fotografía había sido así realmente, por dentro y, por esa milésima de segundo, también por fuera. Los excesos de una noche de fiesta, tan socialmente aceptados, convertían a estas personas en caricaturas de sí mismas; la exageración nerviosa de sus poses que gritaban felicidad dejaba entrever una ansiedad casi ridícula de parecer genuinas. Por una parte las expectativas de todos al salir: pasarla bien; alejarse de la rutina, de la casa, de su cabeza, conocer a alguien —meterse con alguien—, complacer a sus amigos, a lo que se espera que hagamos entre amigos, no quedarse solo, no quedarse fuera de las fotos, fuera de las historias, las ganas de hacer algo, las ganas de que de hecho pase algo…Y por otra, lo que en realidad termina pasando en la noche, en ese tiempo real y oscuro que transcurrió fuera de las inmaculadas fotografías y que por su naturaleza es como jugar a la ruleta rusa: buenas y malas noches. Y no es que haya algo de malo en querer hacerlo automáticamente todas las semanas, eso parece ser tan humano como lo contrario.

    No es algo nuevo salir de noche, no inventamos el alcohol ni algunas de las otras sustancias que consumimos, tampoco somos los primeros en tener hábitos y conductas de excesos relacionadas al placer y a la diversión. Todo hace parte de una larga tradición que nosotros sólo mantenemos vigente. Es normal, entonces, ser joven y sentir que la vida es larga, entre otras cosas porque hay al menos dos noches en un fin de semana y porque todos los guayabos terminan alrededor de las cuatro de la tarde. No obstante, si no somos los primeros en ser jóvenes, sí somos la primera generación que lo es con smartphones en las manos (¡tan todo el tiempo en las manos!), con perfiles en Facebook, filtros en Instagram y un botón de «me gusta»; todo tan masivamente conectado. Querer salir y también salir en las fotos, salir bien y ser «etiquetados» cuando las publiquen en internet, esa misma noche o más tarde al otro día, de cualquier manera lo importante es ver a quién tanto le gusta. Si no todos lo pensamos así, igual todos lo hacemos, o lo hemos hecho, o eventualmente lo haremos, porque inevitablemente así funciona el mundo ahora. 

     Nietzsche decía que no consumía alcohol (ni creía en ninguna religión) porque estar ebrios (al igual que creer en algún dios), nos hace escapar de nuestros infiernos, y estos, por difíciles que sean, es necesario aceptarlos y sobrellevarlos todo el tiempo. Nada de esto parece haber cambiado desde entonces, el exceso de alcohol y las drogas siguen siendo de alguna manera las formas más eficaces de eludir la realidad y de escapar de la cotidianidad, sobre todo ahora que no sólo vivimos las nuestras si no la de todos nuestros amigos, todos tan instantáneamente conectados. Seguro para Nietzsche no fue fácil no escapar, después de todo murió loco, pero Nietzsche no tenía un «mi perfil» que armar, que mirar y que todos miraran, él no tenía un celular con cámara, ni un contador de amigos, ni un servicio de mensajería instantánea. Tal vez Nietzsche tenía razón, pero de nuevo, Nietzsche no tenía Facebook.

    

    Las redes sociales nos han dado la posibilidad de poner al alcance de cualquiera información instantánea de lo que sucede en nuestras vidas. Estas dinámicas socio-virtuales, aunque relativamente recientes, parecen regir en la actualidad nuestros preceptos sociales de normalidad, al punto que ceñirse a ellas y responder a sus conductas se ha vuelto una preocupación constante y cotidiana. Es tan fácil hoy en día mostrarle a nuestros conocidos y amigos las cosas que hacemos, que bajo la potencial mirada de todo el mundo es prácticamente una obligación ser feliz, o al menos publicar estarlo. Y al parecer nadie es más feliz socialmente que los que van a fiestas, tienen muchos amigos, muchos «me gusta», y que además son fotogénicos. El imaginario de felicidad que queremos proyectar sobre nuestras vidas se vuelve irrefutable cuando hay fotografías para probarlo. Esta necesidad de certificar la experiencia a través de fotografías es, según Susan Sontag, un consumismo estético al que todo el mundo es adicto hoy, pues las fotografías no sólo confirman nuestra realidad sino que también la mejoran. En este sentido, la idealización de la realidad fotográfica transforma nuestra experiencia en una búsqueda constante de la fotogenia, convirtiendo esta experiencia en una imagen, en un recuerdo inventado y editado para las redes sociales, limitándola a una pequeñísima fracción de segundos de lo que queremos que sea la experiencia a recordar, la historia a deducir, la vida a vivir, en fin, algo que nos evite pensar en las horas minuto a minuto, en los días completos, en las noches tan enteras. ¿Cómo no creer así que todo, las fotografías, los recuerdos, nuestras vidas, anoche y el ahora, todo parece ser sólo algobasado en hechos reales? 

 

 

II

 

Hablar sobre el acto de pintar no es sólo difícil, tal vez es inútil también. Sólo se puede expresar con palabras lo que las palabras son capaces de expresar, lo que el idioma puede comunicar. La pintura no tiene nada que ver con eso. Eso incluye la típica pregunta: ‘¿En qué estabas pensando?’  No se puede pensar en nada, la pintura es otra forma de pensar.

Gerhard Richter

 

La gran cantidad de fotografías publicadas en internet hacen que la manera en que las leemos sea usualmente bastante superficial, limitando la mirada a un barrido rápido para identificar personas y lugares a partir de los cuales deducimos la historia. De esta manera, las fotografías se convierten en «noticias» en las que no vemos más que el evento social que representan, pues sea lo que sea que muestren u oculten, en este contexto todo se inscribe en la normalidad. Normal sonreír tan grande, posar tan detenidamente, normal estar borroso, estar ahí, estar borracho, normal ser feliz y normal querer mostrarlo y tal vez así recordarlo. Por medio de la pintura busco materializar lo que pasa en las fotografías, materializar lo que se normaliza en lo virtual y que se confina a un recuerdo de pantalla de retina. Creo que la gente suele juzgar más libre y conscientemente una pintura que una fotografía, quizá porque la perfección de la imagen fotográfica la vuelven irrefutable y su digitalidad lejanamente inaprensible. La pintura en cambio es materia, es muchas cosas pero sobre todo materia, y por eso en la pintura todo y nada es normal; todo y nada se gana, todo y nada se pierde. 

Fischl dice que la fotografía representa la noción de movimiento para la pintura, es decir que lo que en la pintura clásica se entendía como un momento que nunca se movió es ahora la idea de algo que estaba en movimiento y se detuvo. En buenas malas noches la expresión de la luz desde fuentes artificiales sobre las figuras humanas busca evidenciar este movimiento detenido,  este momento que oscila indescifrablemente entre empezar o terminar, y que se convierte así en un espacio temporal, atemporal, en el que la experiencia se detuvo para tomarse en una foto. Como al salir de fiesta se detiene la cotidianidad de los días y también de las noches, se detiene lo natural en el cuerpo, lo recurrente en nuestras cabezas, y una borrachera o un trip es ese espacio temporal, atemporal, y la oscuridad nuestro mejor filtro.

    A través de la pintura quiero insistir en lo que consideramos normal y exagerarlo, dramatizando lo que se ve y, sobre todo, lo que no se ve. Todos los momentos representados están isolados de su contexto, inmersos en una oscuridad que vacila entre llenar o vaciar el espacio, buscando crear una tensión que sitie a las figuras humanas para que el espectador las vea, las vea y no sólo las identifique. Cuando la oscuridad llena el espacio, poco a poco nace la sensación de comenzar a reconocer algo, lo suficientemente familiar para ser inquietante y lo suficientemente desconocido para ser ambiguo a la interpretación. Cuando es el vacío lo que queda en la oscuridad, horror vacui, llenamos los espacios emocionalmente, completamos la pintura con lo que sentimos desde nuestra experiencia, y ante lo indeterminado en nuestra cabeza se deduce lo que sucede o acaba de suceder. Este proceso de deducción de la imagen es análogo al que ocurre en las redes sociales cuando inferimos la felicidad en la vida de los demás a partir de sus fotografías, y es quizá un proceso que, inconsciente e inevitablemente en la comparación, nos llena de nostalgia por un algo que sentimos que se pierde, o que se gana, en nuestros recuerdos cuando miramos las fotografías. La pintura en buenas malas noches es sólo ese intento de recordar algo, algo que, parafraseando a Wilhelm Sasnal, no será dicho, convirtiéndose así en ese algo detrás de la puerta en la película de suspenso; la puerta que el director inteligente mantiene cerrada. 

 

 

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